Hoy quiero contaros lo que me pasó el otro día con Oscar (nombre y género ficticios).
Oscar es un alumno de ESO, o puede que de Bachillerato, que además de los problemas propios de la adolescencia, arrastra otros problemas contextuales: ha tenido episodios autolesivos por distintas causas en el pasado, el último muy reciente, relacionado con un rechazo de su entorno inmediato y un entorno tóxico. Él pertenece al colectivo LGTBIQ+, tiene la mala fortuna de tener una familia profundamente religiosa y va a un centro educativo católico. Solo ha salido del armario con sus amigues y le han dejado de lado.
Yo soy el profesor particular de Oscar. El otro dia, mientras veíamos las ecuaciones de segundo grado y sus propiedades, Oscar se sorprendió de mi cálculo mental. Le dije que no tenía mucho misterio más allá de entrenar mucho y le hice el simil con el atletismo. Él lo entendió a la primera, ya que ha practicado atletismo (por eso tiré de esa analogía). Además le pregunté que cuántas veces me había visto usar la calculadora, para indicarle que siempre que puedo hago el cálculo mental o en papel y la calculadora la reservo solo para cuando tengo prisa, el cálculo es demasiado complejo o necesito máxima precisión.
El caso es que al poco salto el tema a ChatGPT. Y Oscar me contó que lo usa para todo y casi constantemente. Y no es el único. Que todo su entorno lo hace. Que habla con él como si hablara con un amigo. Que cualquier duda que tiene se la pregunta, sin importar el contexto. Que le ha dado datos personales, y no pocos ni pocas veces. Imaginaos una persona con su perfil encontrando refugio en el lorito.
Él mismo reconoció estar totalmente enganchado. No concebía la idea de buscar información sin usar ChatGPT. Ni siquiera se le ocurre una forma alternativa de resolver sus dudas. (1/3)