Las redes sociales nos han inyectado por tantas vías -nunca mejor dicho- la multitarea y el ocio infinito siempre a mano, que hemos terminado deshumanizando a la gente detrás de ello y llevándonos decepciones gratuitas a la vez.
Pienso en las relaciones con gente de la internet. Si la seguimos porque suele plantear dilemas, exponer anécdotas, formular preguntas, hacer chascarrillos, compartir recetas o relatos, trucos para reparar la bici o la cajonera, y tiene un día -o una semana o una racha- con el mood para otro lado, con frecuencia entendemos que ya no mola (aka no nos sirve), y comenzamos a leerla con distancia y a minimizar las interacciones, si es que no la dejamos de seguir ipso facto como si nada, con un gesto, porque que sea un toque importa, favorece el arrebato. Esto también vale si actualiza menos su perfil o descansa de él una temporada.
Es imposible ser brillante y gastar extroversión asertiva 24/7 por distintos motivos que yo resumiría en nuestra finitud, en sentido amplio. Y eso les pedimos. La vida tiene valles y pendientes, mesetas y acantilados; y las redes deberían entenderse como una extensión de la vida, no como un aparte o una disociación. Esa continuidad y disposición para usted y para mí que tendemos a dar por garantizada de los perfiles de la gente (no perfiles a secas, son de criaturas, hay humanidad ahí) no tiene sustancia, por lo que nuestro chasco posterior carece de base. Las personas tras esos perfiles no son mis/sus bufones, juglares o profes.
Hacemos una inmersión desaforada en la ficción de las pantallas pretendiendo de personas lo que apenas se puede exigir a bots o IAs y además marcándoles una cadencia artificial, cuando el tiempo de la vida va por otro lado, está alrededor de esas pulgadas rectangulares brillantes y mentirosas con scroll infinito. Esa es la verdadera decepción, recordar que la vida se impone y, mayormente, está fuera y no se parchea con follows y unfollows.
#briconsejo